viernes, 22 de noviembre de 2013

El día que descubrí que te reías de mi

Si me paro a pensar en ti, porque alguna vez al callo que tengo en el alma le da por sangrar; sigo sin explicarme como fui capaz de quererte y admirarte durante tantos años. Eras mi confesor de las sábanas azules, el compañero perfecto de mis juegos infantiles, el más preciado de mis amigos.

El día que descubrí que eras capaz de reírte de mi con tus amigos, de hacer burla a mis espaldas, como un sucio y rastrero traidor, no sólo cayó el velo que tapaba mis ojos, también se abrió una herida que llegó a consumirme; me sentí culpable sí, no sabía qué había hecho para que la admiración que te profesaba no fuera mutua, que el cariño que había cultivado durante catorce años no era más que una pantomima, un juego en el que tú eras el gato y yo un escuálido ratoncillo del que burlarte haciéndome creer que había merecido tu cariño.

Creí que siempre había sido inferior a ti, a tu sobrada apariencia de perfección, a tu consabida forma de aparentar un cariño que finges, porque no eres capaz de querer a nadie que no seas tú mismo. Años llevó el proceso de restarle la culpa a tus "te quiero" de descubrir que la fidelidad es una de mis virtudes y que te fui fiel, es más aún lo soy cuando hablo de esa infancia compartida que se rompió una tarde de verano bajo el sol.

Desde entonces no busqué tu compañía, no me ilusioné con la posibilidad de compartir otro momento, no he vuelto a pensar siquiera en hacerlo, porque tu máscara se resquebrajó en mil pedazos dejando ver la deformidad del monstruo que llevas dentro partiendo mi corazón por el camino. Y me despedí de ti, sin hacer ruido, como merecías más que cualquiera de los sucesivos sujetos que rompieron el regalo de mi confianza y mi cariño. El primero siempre duele más, porque es el que abre el bote de la decepción, aprender a cerrarlo es una dura tarea que no hace sino recordarte el amargo sabor que deja la falta de inocencia, el hastío de la duda.

Nunca te dí las gracias, debería haberlo hecho, porque nadie podría fallarme más que tú, desde entonces nada ha dolido tanto como el día que descubrí que te reías de mi, cuando guarde todo el cariño que te tengo una caja que cerré con mil cerrojos y puse tu nombre en la tapa para no olvidar que por debajo del dolor te seguiría queriendo.

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