miércoles, 12 de febrero de 2014

en otra vida (Parte II)

Retomando el hilo, empecé la primera parte de esta entrada contando que hace unos pocos DE años le pillé lo que viene siendo un profundo sentimiento de repulsión a la capital del reino. No diré que en las sucesivas ocasiones en las que, por obligación o por placer, visité la Villa de Madrid no recordé todos y cada uno de los detalles que te conté en la parte contratante de la primera parte y, aunque mejorando aquella vez, el recuerdo siempre consiguió quedarse, ganando con su peso que me sintiese Malvenida en la ciudad.

El día que Mir me contó que se marchaba a Madrid a cambiar su vida bien pensé que mejor Barcelona, Londres, Ámsterdam o Roma y, aunque no le dije nada, creí que acabaría llamándome para poner a Madriz con todos y cada uno de sus madrileños a caer de un guindo. De eso hace cinco años, un lustro ya... aunque ha habido muchas llamadas con auténticas historias para no dormir; lo cierto es que mi amiga bien sabe convertirse en una boquerona más en ese inmenso banco de peces, tiburones, rémoras y cefalópodos que empieza en la señal del Kilómetro 0 y termina pasado Parla (o por ahí).

Es más, [parafraseando a Hannibal Lecter] Madrid con ella dentro es mucho más interesante y cada vez que voy a verla más me acostumbro a su ritmo y a lo imprevisto de sus recovecos.

La semana pasada me acerqué a visitarla, creí que le iba a hacer falta y también creo que no me equivoqué así que, aunque sólo sea por eso, el viaje empezó muy bien. Tras recorrer la ciudad buscando exteriores de algo que lleva años gestándose y que ya va siendo hora que le dé por salir [o a este paso hará la primera comunión ahí dentro] buscamos un sitio donde templar nuestros espíritus con un buen vino (u dos). Algo extraño para ser un miércoles, Cava Baja y alrededores parecía la Gran Vía de "Abre los Ojos" y los pies nos fueron llevando al "Mercado de San Miguel" pensando que no lo encontraríamos tan a tope como en ocasiones anteriores.

Y así fue, por una vez se podía pasear entre los distintos puestos gastronómicos y no decidir la composición de la cena a base de evaluar el puesto que menos cola tenga. Tras escoger ir abriendo boca con una tosta de burrata fresca, rúcula y tomate nos paramos en el puesto de las ostras; es por todos bien sabido que el mejor marisco del reino se encuentra en su capital y tras repetirnos el pensamiento y hacernos la boca agua nos encaprichamos de media docenita de ostras cóncavas de Gillardeau. Nos pudo la gula, no fuimos capaces de decidir si regábamos aquel capricho con vino, cava o champagne y dimos cuenta de ellas en lo que viene siendo un abrir y cerrar de bocas.

Él nos pilló decidiendo nuestra siguiente estación y lo primero que hizo fue reñirnos [como otrora hiciera el chulito de Nuevos Ministerios aunque con una sonrisa en los labios y sin una pizca de maldad en sus palabras]. Hacía unos minutos que estaba a nuestro lado en el mostrador, ni siquiera le habíamos prestado atención hasta que se dirigió a nosotras recriminándonos haber dejado la tosta para después de las ostras.

Ni Mir ni yo nos dimos cuenta, apenas parpadeamos un par de veces y ante nosotros teníamos media docena de ostras gallegas y dos copas de cava "L'Americano" [que ni mi amiga ni yo conocíamos hasta aquel moment y nos sorprendió por su particular frescura en boca] nos advirtió, con la soltura que le da la práctica [algo me dice a mi que no era ni la primera ni la vez que hacía cien que al más puro estilo del Rufino de aquella canción de Luz, invitaba a desconocidas a comer ostras con cava] que no era necesario que nos preocupásemos por nada: "Estáis en Mariscos Morris y así se llama porque el dueño soy yo y tengo mucho morris... "

Cayeron tres botellas de cava y perdimos la cuenta de las ostras, en la deliciosa compañía de quien ha habitado el Mercado de San Miguel casi desde la infancia; alguien que ha vivido detrás de ese mostrador remodelaciones, expropiaciones forzadas y toda la vida que puede tener uno de los mercados más emblemáticos de la urbe. Aprendimos que "L'americano" era tan fresco porque se madura con azúcar de caña en lugar de remolacha y casi nos olvidamos del gallego que nos esperaba un par de manzanas más abajo después del partido [aunque eso es otra historia que ya veremos si cuento porque tiene derechos de imagen que no me puedo permitir].

Por primera vez sentí en mis carnes aquello de: "De Madrid al cielo" y prometí como Sabina sin yonkies, que escribiría nuestro encuentro porque todo lo que acabo de contarte, incluyendo la primera parte contratante, también se lo conté a él y nos reímos los tres y brindamos y volvimos a reír.

Tanto duró la risa que por una noche bien larga olvidamos lo triste del motivo de mi bajada a la capital, al chulo de Nuevos Ministerios, al jefe de Mir y hasta que nuestro presidente no es más que ese mindundi al que Obama regala M&Ms... tenía que contarlo y ya lo he hecho ahora sólo me falta volver y la próxima vez será para un estreno, una mudanza y para regalarle una botella de sidra al genio del Mercado de San Miguel.

de fondo podría sonar: el "Pongamos que hablo de Madrid" de La Mandrágora 


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